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Tan Sólo Querían Una Mejor Vida "Cada 10 minutos una mujer o un niño son traídos
ilegalmente a Estados Unidos para ser usados como esclavos." Aunque las historias comiencen en diferentes partes del mundo, principalmente Tailandia, Indonesia, México, Corea, Rusia, Filipinas y, en menor escala, otros países de todos los continentes, los abusos son similares. Las redes de traficantes se encuentran en los lugares más vulnerables y sus presas casi siempre tienen el mismo perfil: mujeres trabajadoras que viven en extrema pobreza, con uno o dos hijos, víctimas de un esposo que las denigra, abusa de ellas o simplemente las deja a su suerte. El hambre, las enfermedades de sus padres y una desesperación al no ver resueltos su problemas más básicos se apodera de ellas. Por ello, cuando alguien se les acerca y les ofrece la “solución” porque en Estados Unidos “tendrán una casa y un trabajo bien remunerado” parece un sueño. Con engaños las convencen de que dejen su vida de miseria y ellas se entregan como presas fáciles en espera de un mundo de “libertad y prosperidad”. Pero la realidad es otra. De acuerdo al Departamento de Justicia de Estados Unidos cada 10 minutos una mujer o un niño son traídos ilegalmente a Estados Unidos para ser usados como esclavos. Extraños en un país donde el primer obstáculo es el idioma, reciben un trato por parte de sus captores, que constantemente les recuerdan que ellos son los “amos” y que su libertad no llegará hasta que terminen de pagar lo que les costó traerlas aquí. Y aun cuando se hayan ganado cada centavo, su pago nunca será suficiente. Hacinadas en una habitación o una casa pasan sus días, trabajando unas veces 14 horas, otras 17 y un “buen día” es aquél en el que tan sólo tuvieron una jornada de 12 horas. Los oficios varían, la mayoría están destinadas a ser prostitutas, otras son trabajadoras domésticas, empleadas de la construcción, trabajadoras de la costura o simplemente viven en agonía sin saber qué les depara el día siguiente. Amenazadas de no pronunciar palabra con ninguna que no sea esclava como ellas, estas valientes mujeres no tienen permiso de enfermarse, mucho menos quejarse, pues eso les puede costar muy caro. Confinadas a una vida obscura (muchas de ellas no ven la luz de día por meses), están siendo constantemente amenazadas: el temor de que sus seres queridos puedan “pagar” por su desobediencia las mantiene en pie de lucha. En este país extraño, la policía es su peor enemigo (o al menos así se los han hecho creer) y el hambre y la fatiga su mejor compañía. El recuerdo de los suyos se convierte en su mejor arma para salir adelante, pues ser esclava significa no tener siquiera la posibilidad de volver a su país de origen, aunque ahí literalmente muera de hambre. En sus “momentos de paz” hablan de escapar. De hecho, en el grupo siempre hay una que es más audaz e impulsa a las demás a no dejarse vencer en la búsqueda de una solución. Se estima que cerca de 30 millones de personas viven como esclavos alrededor del mundo. Anualmente se detectan más de un millón de casos, de acuerdo a la Organización de las Naciones Unidas (ONU). La buena noticia es que existe otro camino. Las mujeres que hoy hablan de su mala experiencia fueron detenidas por la policía y es en ese momento que inician su nueva vida. Pero el sendero a la recuperación no es fácil, hay que pasar por la humillación de ser tratada como criminal por tan sólo querer una mejor vida para su familia. Algunas de estas jóvenes entraron con pasaporte a Estados Unidos; sin embargo, son tratadas como indocumentadas por no haber sabido distinguir el problema en el que las involucraban. Antes de comprender su situación legal y penal conocen las cárceles. Aunque no distan de los sitios de donde fueron “rescatadas”, aquí llegan a la conclusión de que quizá sus captores “tenían razón” y permanecerán el resto de sus días en un país ajeno al suyo sin poder volver. Lo peor de todo es que sus familias quizá morirán sin saber de ellas y su sacrificio no habrá valido la pena. Las cicatrices del alma no se borran. Las que cuentan su historia superan el trauma inicial, pero el miedo de ser maltratadas una vez más nunca las abandona. La inocencia perdida no se recupera, la humillación a la que fueron sometidas las sigue como una sombra. A pesar de lo gris que pueda parecer su vida, muchas salen adelante y toman lo bueno que la vida les puede ofrecer (aunque les cueste trabajo creer que lo merecen). El gobierno de Estados Unidos implementó un programa en
el 2000 en el cual le otorga una Visa T a todas las víctimas
de tráfico humano que les permite trabajar en el país
por tres años y después buscar su residencia permanente;
a cambio, las víctimas cooperan con las autoridades para
ayudar a combatir el nuevo cáncer de la sociedad. |
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