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Charles
F. Albright Vea el documental de Charles F. Albright Era, evidentemente, el cadáver de una mujer. Yacía a la intemperie con claros indicios de haber sido arrojado ahí. Desnudo y vapuleado, ese cuerpo hallado el 13 de diciembre de 1990 en el vecindario de North Oak Cliff, en Dallas, Texas, había recibido también varios balazos. Sin embargo, algo que llamó desde el principio poderosamente la atención a las autoridades luego de la autopsia fue que, además de ejecutarla, a esa mujer le habían extraído los ojos con una delicadeza tal que no presentaba daño exterior en esa región del rostro. Dado que no había precedentes de tal saña, el caso se consideró de suma importancia, por lo que los agentes de la ley y los médicos forenses iniciaron un estrecho trabajo conjunto para desentrañar el verdadero móvil del crimen. Pero mientras las investigaciones iban tomando forma --uno de cuyos primeros pasos fue establecer que la víctima era una prostituta de la ‘zona roja’ de dicha región--, muy cerca del sitio donde fue encontrado el cadáver de esa primera mujer apareció el de otra prostituta ejecutada en similares circunstancias el 10 de febrero de 1991, a tan sólo dos meses de diferencia. Las vacías cuencas oculares de estas dos mujeres se habían convertido, entonces, en la pista más importante a seguir. ¿A quién y con qué propósito le serviría extraer los globos oculares de sus víctimas? La pregunta persistía en las oficinas de detectives y en los hospitales forenses. Pero las interrogantes se incrementaron en marzo de 1991, cuando apareció un tercer cadáver femenino --otra prostituta que trabajaba en el mismo hotel de paso que las otras dos-- al que también le faltaban los ojos, extracción que seguía haciendo, al parecer, un experto. “Cualquier persona no puede desprender un ojo, debe tener algún tipo de entrenamiento”, sostiene el doctor Nicanor Isse. “Lo que sucede --añade el especialista en cirugía plástica-- lo único que hay que hacer es cortar la piel [interna] del párpado y desprenderlo de la cavidad orbital”. Era, en efecto, una tarea profesional realizada con instrumental médico adecuado que no le llevaba al asesino más allá de un minuto por cada ojo extraído. Pero, ¿por qué prostitutas, por qué esa especial saña en contra de sus ojos? ¿Qué deseaba el asesino que no siguieran viendo esas mujeres? Esas preguntas sin respuesta inmediata tenían prácticamente de cabeza a las autoridades de Dallas. Por ese motivo tuvieron que recurrir a la Unidad Especial de Ciencias del Comportamiento de la Academia del FBI, ubicada en Quántico, Virginia, a la que suelen acercarse los departamentos de policía de todo el país. “La policía nos envió un paquete de fotos de la autopsia y de la escena del crimen. Cuando vi las fotos, sabía que era un caso único”, recuerda David Gómez, un agente con más de 20 años de trabajo en el FBI, cuatro de los cuales se había desempeñado en dicha Unidad Especial, creada para desarrollar los perfiles psicológicos de los criminales. “Para nosotros, las víctimas eran prostitutas blancas, entonces el hombre era blanco también, entre los 30 y los 50 año de edad”, especifica el agente Gómez. Y agrega: “Había mucha experiencia en esa escena del crimen y, por supuesto, en ciencias biológicas, [sobre todo] en los músculos del ojo”. Principal sospechoso Por ese entonces, un hombre blanco empezó a perfilarse en el panorama de los investigadores. Se trataba de un repartidor y colocador de alfombras que conocía muy bien la zona y, por su carácter afable, servicial y amistoso, no despertaba sospecha alguna. ¿Cómo implicarlo? No bastó más que atar algunos cabos con base en testimonios y acomodar ciertas evidencias, como el hecho de que si las víctimas eran grandes, el asesino debía ser musculoso para poder trasladar los cadáveres de un lugar a otro. Charles Frederick Allbright, de 57 años de edad y originario de Dallas, reunía dichas características. A pesar de su resistencia a aceptarlo cuando fue capturado --hecho que sorprendió y conmovió a sus vecinos--, Allbright no tomó en cuenta que una prostituta que logró salvarse luego de rociarle gas lacrimógeno en la cara cuando él intentó atacarla, iba a servir de principal testigo en su contra. Para su mala suerte, a ese testimonio se sumaron los de otras prostitutas. “! Las mataré a todas!”, se le escuchó decir más de una vez a Allbright, cuando atacaba a sus potenciales víctimas. Eso lo recordaban muy bien algunas mujeres que se habían cruzado en su camino en aquella “zona roja” de Dallas, la cual estaba muy cerca de la casa de Allbright, a sólo dos cuadras de donde asesinó y mutiló a dos de sus víctimas. Era, al parecer, una cruzada personal, basada en el odio, en contra de las mujeres que se dedicaban a la prostitución. “Yo sabía que este caso era importante. Sabía que esta persona no iba a parar hasta que fuera arrestada”, asevera el agente Gómez. Las evidenciasUna a una las evidencias fueron apareciendo cuando las autoridades se dieron a la tarea de registrar la casa y el auto de Charles Frederick Allbright, quien no tuvo la precaución de deshacerse de sus ropas ni de otros objetos utilizados en los asesinatos. A ello se sumó la confiscación de armas de diversos calibres, que al parecer eran otra de las pasiones de este hombre. Y es curioso, pero fue el pelo de una ardilla lo que terminó por hundir a Allbright, pues durante los meticulosos análisis que fueron realizados apareció ese diminuto elemento en la bolsa de la aspiradora de su casa. Y es que el pequeño roedor se había paseado encima de una prenda de vestir del asesino, que había dejado en la escena del crimen mientras intentaba deshacerse de un cadáver en una zona habitada sólo por la naturaleza, misma que después recogió. Ello, evidentemente, demostraba que Allbright había estado en un momento determinado en un lugar exterior, muy distinto al de su casa en el momento del crimen. Hay personas que “en su niñez no resolvieron asuntos inconclusos a nivel psicológico, desde su impotencia para resolver problemas familiares en cuestión de violencia doméstica, de uso y abuso de drogas, hasta a nivel de amor, de comprensión”, dice el psicólogo Luis García. “Estos niños quedan con un vacío que va creciendo y se va a ir degenerando con un resentimiento, se va a convertir en un sentimiento de odio o de repudio”, agrega el especialista. Y remata: “Existe un resentimiento de parte de ellos porque en el núcleo familiar no se dio esa comprensión, no se dio esa aceptación”. Acto reflejoEn efecto, hoy se sabe que la madre de Allbright se había dedicado a la prostitución por la precariedad económica en que vivían. De hecho, para los expertos, casos como éste revelan la creación de un trauma desde la infancia, el cual llega a obstaculizar la maduración de la sexualidad. Lo cierto es que para los especialistas Allbright habría considerado al sexo femenino como algo “castrante y hostil”. Verdad o mentira, es una teoría que sustenta su temible cruzada contra las prostitutas. Pero nada hay en concreto sobre lo que motivó a este hombre de aspecto y trato amable a extraer los ojos de sus víctimas --lo que siempre negó--, pero por lo cual hoy purga una condena de por vida. Lo único que se ha podido confirmar es que, desde muy temprana edad, Allbright mostró una rara inclinación por la taxidermia. De hecho, le agradaba disecar aves a las cuales colocaba botones de plástico en las cuencas oculares y no ojos de cristal como lo hacían los taxidermistas profesionales. Eso siempre se lo pidió a su madre. Pero debido a la mala situación económica de la familia, nunca pudo lograr ese anhelo. Años después, ya se sabe, los ojos y las prostitutas seguían siendo para Charles Frederick Allbright su mayor tortura obsesión. |
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